Por el don de la vida

Nos hemos reunido hoy, frente al icono de Nuestra Señora de Czestochowa. Nuestra Señora ha viajado un largo recorrido desde Vladivostok y continúa su peregrinación a través de Europa – La Theotokos. Nos reunimos, juntos, en el sacrificio sin sangre de su Hijo, pidiendo a Dios en una sola voz por la restauración de la cultura de la vida y la familia en Europa y alrededor del mundo. Aquí tenemos la oportunidad de venerar una reliquia del cráneo de san Lucas, obtenida del Capítulo Metropolitano de san Vitus en Praga. San Lucas es también considerado el autor del icono original de la Theotokos, una rara y multivalente coincidencia. Estos dos excepcionales testimonios de nuestra vida cristiana, las dos pasado y presente, nos ayudarán a entender mejor el significado histórico de ambas, el pasado y lo que nos está sucediendo hoy en día. Hagamos una reflexión profunda de la situación actual, para que así podamos orar con una mayor urgencia y actuar con una mayor eficacia.

Para los observadores de los acontecimientos actuales, se ha vuelto cada vez más claro que hemos llegado a una especie de hito fundamental. Es un argumento o el otro: o elegimos bien, esto es por la vida, o tomamos la opción equivocada por la muerte, no solo de nosotros como individuos, pero como sociedad. Y para la mayoría, seamos claros, prevalecen ciertos elementos de despreocupación, que solo esconden impotencia. Estamos divididos, estamos individualizados, prácticamente todo depende del estado, el gobierno, los órganos de control, y de aquellos que dominan las finanzas del mundo. Las personas dicen: “sin embargo, todo saldrá bien”, y eso es ser peligrosamente descuidado.

En el pasado, las muertes eran causadas por las guerras, las personas morían por hambre y enfermedades. A pesar de eso, en algún lado, siempre hubo familias saludables, que estuvieron dispuestas a restaurar el mundo destruido, sustituyendo a aquellos que habían muerto. Siempre había sido un problema, pero existía la esperanza de poder comenzar nuevamente, los desastres eran vistos, desde la perspectiva actual, como confinada a las áreas locales. Hoy en día, en Europa, en donde ya nadie conoce de guerras y hambruna, y en donde las enfermedades son tratadas en contra de la vida misma (lo que ahora es llamado control de la población debido a la “sobrepoblación”), las personas comienzan a morir (o no nacen, que es lo mismo), por otras razones: contracepción y aborto, un gran apoyo y promoción a parejas del mismo sexo, y el engaño de la “libertad sexual”, que trae el VIH (y otras enfermedades). Estas razones son ahora populares y entendidas en un nivel global; eventualmente terminaran con la eutanasia y demás. Contra estas amenazas, viendo una avalancha de proporciones mundiales, solo nos queda una protección: una oración mundial para rechazar esta marea contra la vida.

Hoy en día, vemos las consecuencias negativas de ese comportamiento: financiera, demográfica, y también en el tema de la salud, quedando en evidencia que el pecado no es categoría solo de lo moral y religioso, el pecado siempre tiene una implicación social con consecuencias específicas. En la parte demográfica de esta crisis, podemos ver al revés y al derecho las consecuencias, junto a los grandes problemas de reformas en pensiones y seguro de salud gratuitos, o al menos accesible a todos los ciudadanos. No hay suficientes recursos humanos y financieros, existe un número insuficiente de personas más jóvenes y niños, esto nos indica que las personas de tercera edad viven completamente abandonadas. Somos ajenos a la idea de un bien común porque preferimos un individuo ficticiamente bueno. No hay que olvidar que el bien del individuo está indisolublemente ligado al bien común social. A diferencia de los individuos ficticios, el cristiano es capaz de resolver ese dilema por el bien de la persona y de la sociedad en su conjunto. Solo puede ser resuelto en el amor, el amor que fue enseñado y presentado en los Sagrados Sacramentos y que Jesús nos ofrece.

Hoy, en la celebración de la pasión de san Juan Bautista, se nos presenta una urgente preocupación acerca de la fidelidad matrimonial. No es algo secundario ni obsoleto, a pesar de las estadísticas actuales, algo que podría ser relativo, pero no lo es. ¡Estas cosas no cambian! Al contrario, viéndolo desde la forma y el contenido cristiano, el contenido del Decálogo permanece inmutable. La unidad del matrimonio es sagrada y la Iglesia afirma y asegura una saludable vida a través del sacramento del matrimonio -y hasta la vida misma- para futuras generaciones. Cualquier cosa que profane la institución del matrimonio, que se remonta a la existencia misma de la humanidad en este planeta, impide al ser humano que alcance el objetivo que tiene dispuesto Dios para el hombre. Y esto es una cuestión importantísima. No es algo pequeño, es algo que debe preocuparnos y concientizar a los cristianos. ¡No podemos enterrar nuestras cabezas en la tierra! Nos concierne a todos, ¡y mucho! Y esta acción global por salvar la vida humana, con proporciones internacionales es una prueba que nosotros como cristianos empezamos a entenderlo. Y eso es una buena señal.

Jesús dijo: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Dios es el dador de vida. Donde no hay Dios, no puede haber vida; donde no existe Dios, no hay luz. Donde no hay Dios, caminamos en tinieblas. Y quien camina en las tinieblas, tarde o temprano se destruye. Esto debería ser claro para todos.

Voy a hacer una declaración, tal vez trivial, pero en la práctica rara vez se aplica: solo si observamos todo en un contexto, si entendemos las acciones de cada individuo con todos los detalles de sus consecuencias, solo entonces seremos capaces de descubrir la verdad completa. En nuestras inquietudes existenciales, toda la verdad está contenida, y no solo una parte de la verdad -la verdad fabricada para fines subjetivos, se deriva de un concepto parcial y seleccionado. Aquí en la tierra, solo somos capaces de ver una parte de todas las relaciones, solo tenemos una pequeña porción de toda la información que nos lleva, con mayor liderazgo a la verdad total, de modo que, si nos embarcamos en el camino de la verdad, debemos de seguirla con humildad. Si conociéramos toda la verdad, seríamos completamente independientes de nuestras decisiones, que nos afectarían de manera significativa. Y porque no reconocemos ni comprendemos esto, nosotros los humanos no podemos decidir sobre las preguntas más fundamentales de la existencia del ser humano como es el ser o no ser, y la vida y la muerte. Nosotros, lamentablemente, estamos buscando construir un dios a nuestra manera, “jugando como dioses”. Hoy en día, los llamados “ingenieros sociales” se ven ellos mismos como maestros del mundo, sobre el que ellos reclaman poder absoluto, al igual que determinan los valores absolutos de la vida y la muerte del ser humano.

La pregunta básica que nos hacemos en este mundo es sobre ser o no ser (en lo que respecta a la cuestión de la dignidad humana básica que Dios le da a cada persona). Cada vida humana, cada nacimiento de un ser humano es un milagro maravilloso. No es como el nacimiento de un animalito. Los animales no pueden amar; no pueden crear nada espiritual. Matar a un niño no nacido es matar el espíritu humano y es el mayor ejemplo del descenso de nuestra civilización. Esto es evidente en la tan recordad frase de la obra de Shakespeare, en Hamlet: “Ser o no ser”, pronunciada hace más de cuatrocientos años. Estas palabras se aplican tanto a nuestra vida personal, pero también a la vida humana en general. En ellas se resumen la pregunta fundamental de cada ser humano: ser o no ser.

El mayor drama de la literatura, que explora el alma humana, se refiere específicamente a este tema. Podemos elegir: decidir por nosotros mismos (y de esta manera siempre terminaremos de manera trágica), o dejar las cosas a Dios (y las cosas terminarán en triunfo, incluso si una nación pierde o es derrotada). Para Shakespeare, las personas quieren resolver sus problemas de existencia por ellos mismos, terminando las cosas de manera trágica: todos eventualmente mueren (a excepción de uno). Este era el mensaje de Shakespeare a la humanidad y debemos aprenderla.

La vida, incluso la más miserable, es el mayor bien que poseemos y que Dios entregó al mundo. No se puede comparar con nada. Por eso mismo, lo que debemos apreciar más es ese inmenso regalo de parte de Dios. No puede ser destruida de manera imprudente, o manipulada artificialmente. 

Todos sabemos que somos pecadores y que necesitamos de la misericordia de Dios. Nosotros no podemos (y no debemos) condenar al pecador, pero definitivamente condenamos el pecado. Es nuestro deber cristiano. Debemos rezar al Señor para que ilumine a aquellos que están envueltos en estos asesinatos, por aquellos que consideran que la vida humana es solo un azar de masas de células, y que de alguna manera se desarrolla en un organismo y que cuando es “eliminado” se descompone, dejando nada más que un terrible vacío. Si este fuera el caso, el ser humano tendría solo una opción: desaparecer de este mundo lo más rápido posible. Y nosotros no queremos esto, ya que es una falacia enorme.

Debemos buscar la verdad. Si la encontramos, encontraremos la Fuente de la vida, que es Eterna, y que nunca pasará. El camino más seguro para llegar a la Verdad, para llegar a Jesús, para llegar al Verdadero Dios y al Verdadero Hombre, es nuestra Madre María, quien le dio carne y lo entregó por nosotros. Quien la acepte a Ella, quien le reza a Ella, quien se vuelca a Ella, nunca se decepcionará. A través de Su intercesión siempre tendremos un encuentro amoroso con el Verdadero Dios, que es Amor.

Agosto 29 del 2012 + Obispo Ladislav Hučko