Homilía del P.. Tomasz Szczepańczyk en la Misa en Marh 15, 2014. Iglesia de la Santa Cruz en Maspeth, Queens, NY

Invocamos tu amparo, ¡Oh, Santa Madre de Dios! ¡Madre de la Vida!

Hermanos y hermanas en Cristo Nuestro Señor,

En esta noche especial, nos reunimos alrededor de este icono milagroso de Nuestra Señora de Czestochowa para pedirle con solícita voz: “Invocamos tu amparo, oh Santísima Madre”, pues en ningún otro lugar podemos encontrar cuidado y protección de las amenazas del maligno sobre esta humanidad pecadora. El mundo se ha desbordado por la iniquidad y ha ofendiendo terriblemente al corazón que nos ama, pero que también demanda justicia y verdad, el corazón del Padre Celestial. Tú sabes, oh María, que no tenemos otro refugio, así que en tu inmensurable amor maternal, has salido en cruzada para defender la vida y la familia. En tu peregrinación por el mundo, llamas a los corazones humanos para que se conviertan y rechacen el pecado que hace pisotear el regalo más maravilloso de Dios, la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural. Tú amas a cada niño, oh Madre, y no rechazas a nadie. Tú abrazas a todos, y abres tu corazón como refugio seguro.

Comienzas tu cruzada en la esquina más alejada del mundo, en Siberia. Ahí, donde la tierra es solo una cubierta delgada de cementerios interminables y de océanos de lágrimas, de decenas de millones de víctimas inocentes. Has visitando una tierra que por muchas décadas no ha tenido a Dios presente. Una nación con una ideología inhumana y totalitaria que ha declarado al hombre amo del universo, que ha sacado a Dios de la ecuación, mientras construye un nuevo mundo con montañas de cadáveres. Tú has querido ir ahí, oh Madre, para llevar esperanza a los corazones humanos que ansían a Dios y a su Santa Iglesia. En Siberia y en Rusia has hecho un llamado para que se respete la vida, particularmente de la vida de los no nacidos. Desde ahí la sangre de los inocentes está siendo esparcida profusamente y clama al cielo.

Luego, tu cruzada te ha llevado por veinte naciones de Europa, donde tu corazón debió haber sufrido con la realidad tan terrible de irrespeto a la vida, en países llamados cristianos desde hace siglos. Allí, el sentido de tu cruzada pudo ser aparente. ¿Cómo es posible que la Cruzada por la Vida sea llevada a las naciones formadas y civilizadas por la fe cristiana? ¿A naciones llenas de incontables santos, mártires y misioneros? Y ahora, en esas naciones, oh Madre, se debe declarar con lágrimas que se ponga fin al holocausto de los no nacidos y al terror de la eutanasia para los mayores y los enfermos. ¿Por qué ha sucedido eso? ¿Por qué el desprecio por la santidad de la vida? ¿Por qué estos países tan prósperos han expulsado a Dios de sus corazones? ¿Qué ha pasado con la fe de estos pueblos?

Y luego de eso, tú has venido, oh Madre, a las costas de Norte América, tierra de esperanza de millones de inmigrantes; tierra fértil y bella, en la que efectivamente: “Dios derrama su gracias sobre ella”. Y sin embargo, tu milagrosa imagen, oh María, enseña una cara que está sobria y preocupada. Por eso tú preguntas a esta tierra: “¿Qué han hecho con la gracia derramada sobre ustedes? ¿Dónde está esa hermandad de costa a costa?”. Por desgracia, esta tierra de esperanza se ha convertido para millones de vidas en la campeona de la cultura de la muerte, una tierra empapada en la sangre de 56 millones de no nacidos, abortados desde 1973. En vez de promover la hermandad, Norte América se ha convertido en una maquinaria infernal, manipuladora y financiera que desprecia la vida a través de programas masivos de contracepción, abortos, eutanasia, eugenesia, inseminación artificial y control de la población. Dios está siendo expulsado de los fórums públicos, el respeto a la vida está desapareciendo, mientras el orgullo del hombre se reivindica como el dueño de la vida.

Oh Bendita Madre, te agradecemos por venir a visitarnos en esta hora tan crítica. No debemos continuar ofendiendo a Dios tan terriblemente despreciando la vida. Nos llamas a una conversión urgente y a cambiar nuestros corazones para que reafirmemos la santidad de la vida desde la concepción hasta la muerte natural. Nos llamas, a través de la Iglesia Católica, para ser testigos y promotores de la cultura de la vida. Como el papa Francisco dijo: “Somos responsables en la cultura contemporánea para promover el reconocimiento del poder creador de Dios en toda vida humana, desde su inicio en el vientre…”

Esta noche, María, presente entre nosotros en su icono milagroso, nos pide a cada uno de nosotros oración y acción en defensa de la vida. Lo primeo y lo más importante es la oración. Unámonos en oración por la cruzada por la defensa de la vida, haciendo un compromiso de orar diariamente y participando del Santo Sacrificio de la Misa una vez al mes por la intención de los no nacidos.

Otra preciosa iniciativa de oración sería la Adopción Espiritual de un niño por nacer, como combate para salvar la vida de un niño en peligro de aborto. Estas adopciones espirituales duran 9 meses y consiste en rezar el rosario diariamente por la vida de ese niño y la de sus padres. Estas acciones constituyen verdaderamente en “apostolados de vida”, ya que acompaña a las mujeres que sufren del síndrome post-aborto. La adopción espiritual es una nueva salida para mujeres, que ayuda a reparar los pecados siendo una terapia espiritual que guía hacia la curación y conversión.

Todas las parroquias deberían tener un rosario permanente por los no nacidos. Esta actividad juntaría a los jóvenes con los adultos, los solteros con los que tienen familias, y afirmaría la santidad de la vida desde el vientre hasta la tumba.

¡La oración es un arma poderosa contra el enemigo y todos podemos hacerlo!

Es importante que nuestra oración por la vida también incluya a los hombres, a los padres de los no nacidos. Es muy común observar que en la tragedia del aborto la mujer es más una víctima que una ejecutora. Atrás de cada nueva vida no hay solo una mujer, sino también un padre. Lastimosamente, una de las características más destacadas de la cultura de la muerte es la ausencia del padre y el desprecio por la vida concebida por parte de los hombres. Recuerden que primero fue prometida a su esposo castísimo, San José, antes de que Dios le pidiera convertirse en madre de la Palabra hecha carne. Así, la batalla por la cultura de la vida equivale en gran medida a una llamada a la responsabilidad del hombre por la vida concebida en el vientre. Debemos orar por los padres -por el respeto a la paternidad- apoyar a los padres en nuestras parroquias, para poder ser testigos de la santidad del matrimonio y de la paternidad en nuestras familias.

A parte de las oraciones, nuestra Bendita Madre nos llama a la acción en defensa de la vida. La promoción de la cultura de la vida demanda formación, educación y ser testigos. Juan Pablo II nos enseñó que el mundo se ha convertido en un campo de batalla entre la cultura de la vida y de la muerte. Una batalla que demanda armaduras y preparación. La Cruzada por la Vida necesariamente requiere formación, debemos comprender más y mejor los conocimientos sobre la dignidad de la persona en cada estado de su vida. El mundo contemporáneo ha rechazado la fe y adora la ciencia y el conocimiento, así que nuestra batalla definitivamente será en el campo de la ciencia y de la educación. Por supuesto que debemos ser testigos en la fe, pero debemos también alzar nuestra voz en el mundo con un lenguaje de conocimiento. Es por eso que necesitamos ofrecer formación en nuestras parroquias, a través de clases, lecturas, retiros, catecismo -especialmente entre los jóvenes- a los que se preparan para el matrimonio y a las familias en general. Para ser apósteles efectivos y sirvientes de María en la defensa de la vida, debemos utilizar la tecnología de hoy en día para enseñar sobre la verdad y la santidad de la vida en todas sus etapas. La Bendita Madre siempre nos recuerda que hay que cuidar a las familias que lo necesitan haciendo un ofrecimiento concreto de ayuda. No debería haber ninguna familia ni ningún matrimonio sin asistencia y cuidados. Así también con los adultos mayores, los enfermos y los que están por morir, ellos también deben estar al cuidado nuestro. Al cuidar de ellos estamos cumpliendo nuestra vocación como cristianos, como dijo el papa Francisco: “Ver el rostro de cristo en cada vida humana”.

Cuando actuamos de esta manera, combinando la oración y la acción, estamos verdaderamente respondiendo al llamado de María en su Cruzada por la Vida. Nos convertimos en instrumentos efectivos en Sus manos, mientras ella se esfuerza por salvar al mundo del castigo y construye la civilización del amor, donde la vida es protegida y querida como el regalo más grande de Dios.

Hermanos y hermanas en Cristo, somos tan bendecidos al estar reunidos en esta noche alrededor de nuestra Maternal Madre en su icono milagroso de Nuestra Señora de Czestochowa. Ella ha recorrido cientos de miles de kilómetros para estar con nosotros, pedir por nuestra conversión y por el cambio de nuestros corazones, para poder estar junto a Ella en esta Cruzada en defensa de la vida y la familia. El mundo se ha alejado tanto de Dios y ha irrespetado tanto la vida hasta el punto de que la mentalidad utilitarista dominante percibe a los no nacidos, los enfermos y los ancianos como algo sin importancia y sin valor. El hombre en su necedad se arrogó el poder sobre la vida. Es por eso que la mano castigadora de Dios está sobre la humanidad, y solamente la Bendita Madre tiene el poder de rogar misericordia por nosotros. Por tanto amor a sus hijos, María ha aceptado con humildad a ser una peregrina, y está rogando a la raza humana a que regrese a Dios y respete la vida desde la concepción hasta la muerte natural.

Oh, Bendita Madre, te agradecemos por tu maternal amor que tienes por cada uno de nosotros. Reza por nosotros y ayúdanos a tener el coraje de luchar y defender la vida, especialmente la de nos no nacidos y de los enfermos, es decir, de los más vulnerables. Tu Cruzada continuará, pero te pedimos que permanezcas con nosotros, en nuestras parroquias y en nuestras familias, ya que tú eres nuestro único refugio y protección. Esta noche, en forma especial, invocamos tu amparo. ¡Oh, Santa Madre de Dios! ¡Madre de la Vida!